ARRUPE: 35 AÑOS SIN EL GENERAL QUE NOS ENSEÑÓ A NO ESPERAR CON LOS BRAZOS CRUZADOS

Han pasado 35 años desde la muerte de Pedro Arrupe, SJ, pero su advertencia sigue impactando con la fuerza de un martillo: “Me horroriza que podamos dar respuestas de ayer a los problemas de mañana… No pretendemos defender nuestros errores, pero tampoco queremos cometer el error más grande de todos: esperar con los brazos cruzados”. Hoy, en un mundo de cambios vertiginosos, la familia ignaciana recuerda al “General” no como una figura del pasado, sino como el profeta de la audacia que nos obliga a mirar hacia adelante.

El Hombre que Vivió la Bomba y Fundó una Respuesta

La biografía de Arrupe es una sucesión de encuentros radicales con la historia. Formado como médico, su vida dio un giro en 1938 cuando llegó a Japón como misionero. Allí, la guerra le sorprendió, fue brevemente encarcelado y luego, el 6 de agosto de 1945, se convirtió en testigo de la bomba atómica en Hiroshima. Utilizando los conocimientos que había dejado atrás, convirtió el noviciado en un hospital de campaña para atender a cientos de víctimas. Esa experiencia de caos y compasión sería el crisol de su famosa visión de una “fe que hace justicia”.

Elegido Superior General en 1965, dirigió la Compañía de Jesús con un rumbo claro hacia las fronteras de la injusticia y la exclusión. Conmovido por el drama de los refugiados, fundó el Servicio Jesuita a Refugiados (JRS) en 1980, hoy una de las obras más visibles de su legado. Su mandato terminó con un golpe inesperado: una trombosis cerebral en 1981 lo dejó paralizado y en silencio durante una década, una lección final y dolorosa de entrega.

Un Legado que Habita Nuestras Prioridades

La relevancia de Arrupe no es retórica; se materializa en los ejes centrales de nuestra propia red. Cuando WUJA identifica “Caminar con los Excluidos” como prioridad en América del Norte, o cuando las asociaciones en África y la India despliegan proyectos de impacto social directo, están respirando el espíritu de aquel hombre que priorizó la acción misericordiosa sobre la discusión teórica.

Su famosa frase sobre “no esperar con los brazos cruzados” es un antídoto directo contra la parálisis. En el contexto de nuestros congresos y encuestas, es un llamado a no refugiarse en fórmulas obsoletas. ¿Estamos ofreciendo redes sociales anticuadas para una generación digital? ¿Estamos repitiendo modelos de reunión que no atraen a los jóvenes? Arrupe nos diría que el riesgo de innovar y equivocarse es siempre menor que el pecado de la inacción por miedo.

El Compañero de Viaje hacia Yogyakarta

Treinta y cinco años después de su partida, conmemorar a Arrupe es mucho más que un ejercicio de memoria. Es reafirmar un estilo. Mientras nos preparamos para el Congreso en Yogyakarta, su figura nos desafía: ¿Seremos capaces de ofrecer, como él hizo, nuevas respuestas a nuevos problemas? ¿Apostaremos por estructuras ágiles, gobernanza transparente e inclusión real de los jóvenes, aunque el camino sea incierto?

Su legado, que hoy recorre desde las oficinas del JRS hasta las asociaciones de antiguos alumnos más pequeñas, es una herencia de valentía. Él dejó claro que en un mundo en llamas —ya sea por bombas, injusticias o indiferencia— la peor opción es, precisamente, quedarse mirando. La mejor manera de honrarle es seguir su ejemplo: discernir con audacia y actuar, sin miedo a equivocarse, por un mañana más justo.

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